miércoles, 16 de mayo de 2012

Los días y las noches.

“Tomad Señor y recibid...”y todo lo que sigue es mi primera oración de cada mañana al despertar. Es lo primero que hago. A veces soy consciente; otras, entre sueño lo rezo; otras, el sueño me vence pero interiormente sé que mi espíritu lo hace, pero siempre, siempre, lo vuelco hacia Él, lo dirijo hacia Él, y lo pongo todo ante Él: “toda mi libertad, mi entendimiento y mi voluntad... “Todo, todo, lo pongo a sus pies mientras rezo otras cosas.
Luego, ante el sagrario, sigo rezando, le hablo en silencio y recibo a manos llenas su amor y ternura esperando que se celebre el sacrificio de la Santa Misa, momento culmen del día con la Sagrada Comunión. Es el mayor obsequio que me dejó, el que nos ha dejado.

Para ordenar mi vida, el Cielo me regala los días y las noches.

Y en la noche sueño que la iglesia se llenaba de gente. Tanta, que ya más no podían entrar, y devotos y quietos en la calle acompañaban a los restantes con mucha piedad. En esta litúrgica noche no había manto negro sobre nosotros; había muchísima luz porque la iglesia estaba más que iluminada. Quizás porque llegaba el nacimiento de una nueva aurora, de un nuevo amanecer, de un nuevo día, o de mi gran y ardiente espera.

Pasada la noche y llegado el día, mi deseo es el mismo: amarle, servirle, y que nada ensombrezca el ofrecimiento en un profundo ¡te serviré, Señor! ¡Todo es tuyo!


Capuchino de Silos