domingo, 27 de mayo de 2012

El Espíritu Santo...


...es una fuente de inspiración continua, es un precioso árbol que no para de dar frutos innumerables y deliciosos.
Y nos llega convertido en un grandioso y gigantesco día como esas grandes montañas que a veces nos envuelven para que los poetas puedan escribir y los pintores puedan dibujar con colores. Sabemos que allí en lo más alto donde brillan tanto las estrellas porque hay fuego amoroso, nos aguarda lo más grande, lo más gigantesco, lo más divino repartiendo frutos.
Y en ese estado placentero de sorprendente quietud y en medio de una nube de eternidad, Él infunde lo que más nos puede llegar: el amor y la caridad, que es también amor.
Cuando derrama ese amor aparece la máxima quietud, la máxima calma, la máxima dulzura. Es ese estado del alma que es consecuencia del amor; que es gozo, que es alegría y que permanece en nosotros por encima de todo dolor; es como un espejo que ilumina por dentro nuestros corazones desencadenándonos un precioso recital de dones que nos llega. Todo está lleno de gozo y de alegría dejando en el alma un poso de paz que supera todo conocimiento como dice San Agustín.
El alma, entonces, se siente seducida y cautivada por Dios.

+Capuchino de Silos