miércoles, 16 de noviembre de 2011

La canastilla del Niño.


Hace algunos días comencé la canastilla al Niño que muy pronto nacerá. Se acerca la hora de su nacimiento y quiero que toda ella esté acabada para cuando nazca. Ya queda poquito para ese gran día y mi deseo es que resulte primorosa como si la hubiesen preparado los ángeles.
Toda su ropita la estoy tejiendo en lana blanca; la toquilla, los patuquitos, los jerséis. Todo, todo es blanco para que su piel y pureza lo hermoseen mucho más y su Madre disfrute de júbilo, y goce al cogerlo entre sus brazos para acunarlo.
Están siendo unos días de mucha alegría y satisfacción al ir tejiendo cada prenda. Cada punto tejido es un pensamiento para ese mi Niño, pensando cómo serán sus ojos, su boquita, su naricita, sus deditos o su pelo. ¿De qué color será su pelo, me pregunto?: ¿rubio, moreno, castaño, pelirrojillo, quizás? No sé, no me lo imagino. Sé que será el Niño más bonito y maravilloso que haya nacido jamás y mientras tejo le abro la celda de mi humilde corazón y le digo: ven, Señor Jesús, ven pronto, no me dejes sola ni un momento. Quiero que seas mi fuerza y mi luz, mi consejero y mi respiro. Quiero conocerme para mejor conocerte. Necesito que me ayudes y que alumbres mis noches. Que enciendas el fuego de mi corazón y que te lleves todas las hojas secas y las flores que estén marchitas de mi pobre alma.
Ven, Señor Jesús.

+C.

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