domingo, 23 de octubre de 2011

Y tú me preguntabas...


Y tú me preguntabas: ¿qué le dices al Señor cuando te arrodillas?, ¿cómo empiezas?
Mentalmente y con mucha humildad, le dije, me echo a los pies del Señor y le pido perdón por todo cuanto le ofendo cada día, y le doy gracias por el nuevo día  y le digo que le quiero y que nunca quiero dejar de quererle y que tengo mucho miedo dejar de quererle. Después hago un momento de silencio y entro con mucho cuidadito en el interior de mi alma y trato de escucharle atentamente, porque Él cada día me habla y me habla solo a mí en ese momento que es único y que solo me pertenece. Le hablo de mis cosas, de mis pecados, de mis dudas, de mis tristezas, de mis fracasos,  y le digo todo lo que me pasa y me pesa que, a veces, es mucho, otras menos, pero algo siempre me ocurre; y le digo que quiero ver, cómo le dijo el ciego. A veces, también, lloro y otras solo le amo con ese amor lleno de alegría y dulzura porque sé que de verdad le amo. Y mi alma se suaviza porque sé que me escucha y me comprende, que lee el interior de mi alma y sabe todo lo mío sin que yo sin palabras le diga. A veces solo miro donde pasa los días esperando que yo llegue.

Pero lo mejor, le dije, es hablar o rezar con Él cada día. Todo es tierno decirle a Nuestro Padre. Todo es hablar o rezar.
¡Y hay quien no reza!
 +Capuchino de Silos

                   
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