domingo, 30 de octubre de 2011

Bienaventuranzas del Sacerdote


Bienaventurado el sacerdote que siempre mira al cielo, tendrá siempre la oportuna respuesta para los hombres que viven y preguntan en la tierra.

Bienaventurado el sacerdote que no olvida a Cristo, porque tampoco el Señor le dejará de lado cuando esté frente a Él.

Bienaventurado el sacerdote que confiesa y perdona en nombre de Cristo, porque la puerta del cielo se abrirá para aquellos a los cuales tanto se perdonó desde la misericordia de Dios.
Bienaventurado el sacerdote que permanece en silencio, porque sentirá la fuerza omnipresente y protectora de Dios.

Bienaventurado el sacerdote que es fuerte ante las dificultades, porque sentirá el peso y la dureza de la Cruz de Cristo.

Bienaventurado el sacerdote que bendice, ama y acompaña, porque irá dejando semillas del amor de Cristo allá donde sus pies caminen.

Bienaventurado el sacerdote que da lo que tiene, porque su caridad será recompensada por el Maestro que tanto hizo y dio.

Bienaventurado el sacerdote que busca y avanza en la perfección, porque en la altura de miras estará la grandeza de su vocación.

Bienaventurado el sacerdote que cree contra toda esperanza, que pregona a pesar de los rechazos, que avanza a pesar de los frenos del mundo, que alegra los corazones atribulados, que no se amilana ante la cizaña que encuentra a su paso, que siente como suyas las grandes heridas del mundo, que llora con los débiles y es solidario con los pobres de espíritu.

Bienaventurado el sacerdote que, siendo perseguido o calumniado, sabe que su fuerza y su poder están en la Palabra del Evangelio, en el alimento de la Eucaristía, en la intimidad de la oración, en la comunión con toda la Iglesia.

¡Estad contentos, sacerdotes,
porque un gran Sacerdote Eterno
le espera en el cielo!
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