viernes, 30 de septiembre de 2011

Ir a Dios con verdadero arrepentimiento.


“Si hay una pena que pueda parecer un mal absoluto, si queda un mal bajo el reino del evangelio, es –se puede bien creer- la conciencia de haber dejado maltrecho el evangelio. Si hay un momento en que la presencia del Altísimo pueda parecer intolerable, es el momento en que, de repente, tomamos conciencia de haber sido ingratos y rebeldes en nuestra relación con él.
No hay arrepentimiento verdadero sin pensar en Dios. El hombre arrepentido lleva en su corazón el pensamiento de Dios porque le busca; le busca porque es empujado por el amor. Por ello el mismo dolor de haber ofendido a Dios debe llevar consigo una verdadera suavidad: la del amor. ¿Qué es el arrepentimiento sino un impulso del corazón que nos lleva a entregarnos a Dios, tanto por el perdón como por la corrección, a amar su presencia por ella misma, a encontrar la corrección que viene de él y que es mejor que el descanso y la paz que el mundo podría ofrecernos sin él? Mientras el hijo pródigo estaba en el campo con los cerdos, sentía sólo el remordimiento, pero no el arrepentimiento. Pero cuando empezó a sentir un verdadero arrepentimiento, eso le condujo a levantarse, ir hacia su padre, confesarle su pecado, y su corazón se liberó de su miseria”.

 Beato John Henry Newman

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