sábado, 3 de septiembre de 2011

Agua viva




"Un hombre extranjero, recostado en el brocal, aspiraba la pureza y frescura del agua y dentro del cielo reflejado se veía su imagen con un nimbo de sol.
El hombre alzó los ojos; la miró como un hermano que estuviese esperándola, y le dijo:

-¡Paz en ti!

Otra vez asomóse al espejo azul de las aguas, y confiadamente le pidió:

-¡Dame de beber!

Ella le contemplaba enternecida de su abandono de niño cansado.

Y le sonrió dulce y tímida, pronunciando:

-¡Cómo siendo judío me pides de beber a mí, que soy samaritana!

En los ojos del caminante pasó un ímpetu de gloria; y alzóse transfigurándose de niño sediento en padre magno y fuerte, en señor que visita su heredad, y le dijo:

-Si supieses quién es el que te dice: ¡Dame de beber!, tú acudirías a él pidiéndole: ¡Yo no a ti, sino tú a mí dame el agua de la sed mía!

-¡Todo el que bebiere de esta agua que tú tomas de la tierra vuelve a sentir sed; mas el que bebiere de la que yo alumbro, nunca estará sediento, porque el agua que yo doy se vuelve en el pecho una fuente que salta hasta la vida eterna!

-¡Dame, Señor, dame de esa agua viva, que yo no quiero tener más sed!...”



“Figuras de la pasión del Señor” – Gabriel Miró

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