sábado, 2 de julio de 2011

En su día



El aire se desgarra en azucenas
y pide más azul y se hace fuego.
Si pronuncio tu nombre, si te ruego,
de gozo se estremecen mis arenas.

Limpios quedan los valles de la pena
si te miro y te invoco, si me entrego
como niño a tus brazos, pobre y ciego,
buscando luz de amor, olas serenas.

Madre, que tienes corazón de aurora,
frena la sangre de este barro ardiente
que apenas ríe y casi siempre llora.

Tú que eres mar y fuente de alegría,
ayúdame a encontrar en tu corriente
la paz que voy soñando noche y día. Amén


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