viernes, 25 de marzo de 2011

Sólo el amor vence


"Soy Lucía Vetruse, una de las novicias violadas por las milicias serbias. Le escribo sobre lo que me ha acaecido a mí y a las hermanas Tatiana y Sendria. Permítame que no le dé detalles. Ha sido una experiencia atroz que no se puede comunicar más que a Dios, a cuya voluntad me entregué cuando me consagré a Él con los tres votos.

Mi drama no es sólo la humillación que he sufrido como mujer, ni la ofensa irreparable hecha a mi opción existencia y vocacional; sino la dificultad de insertar en mi fe un acontecimiento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad permisiva de Aquel a quien yo continúo considerando mi Esposo divino.
Había leído pocos días antes los Diálogos de carmelitas, de Bernanos, y me había surgido espontáneamente pedir al Señor morir mártir. Él me ha tomado la palabra, pero, ¡de qué manera!. Me encuentro ahora en una angustiosa oscuridad interior. Ellos han destruido mi proyecto de vida –que yo consideraba definitivo- y me han trazado de improviso otro nuevo que aún no acierto a descubrir.
Le escribo, madre, no para recibir su consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas mías –ofendidas- y a aceptar la maternidad no deseada...
Mi humillación se suma a la de las demás, y solo puedo ya ofrecerla por la expiación de los pecados cometidos por anónimos violadores y por la paz entre las dos etnias opuestas, aceptando la deshonra sufrida y entregándola a la piedad de Dios.
No se asombre de que le pida compartir conmigo unas gracias que pudiera parecer absurda. He llorado en estos meses todas mis lágrimas por mis dos hermanos, asesinado por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades. Pensé que ya no podría sufrir muchas cosas más: nunca creí que el dolor pudiera alcanzar tales dimensiones.
A la puerta de nuestros conventos, llamaban cada día centenares de criaturas famélicas, con la desesperación en los ojos. La semana pasada, una joven de dieciocho años me había dicho: “afortunada, usted, que ha escogido un sitio donde la milicia no puede entrar”; y añadió: “usted no sabe qué es la deshonra”. Lo pensé despacio y vi que se trataba del dolor de mi gente; y casi sentí vergüenza al estar excluida de su entorno.
Ahora soy una de ellas –una de tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo destrozado y el alma saqueada-. El Señor me ha admitido al misterio de la vergüenza; es más: a esta hermana suya, le ha concedido el privilegio de comprender hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.
Sé que, de hoy en adelante, las palabras de valor y consuelo que trataré de sacar de mi pobre corazón serán de verdad creídas por la gente, porque mi historia es la suya, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir, sino de ejemplo, al menos de confrontación con sus reacciones morales.
Todo ha pasado, madre, pero ahora comienza todo.
En su llamada telefónica, después de decirme palabras de consuelo que le agradeceré toda la vida, me hizo usted una pregunta: “¿qué harás de la vida que te ha sido impuesta en tu vientre?”. Sentí que mi voz temblaba al hacerme esta pregunta, que no podía ser respondida de inmediato –no porque no haya reflexionado sobre la elección que tenía que hacer, sino porque usted no quería turbar con eventuales proyectos mis decisiones.
Lo he decidido ya: si soy madre, el niño será mío y de ningún otro. Lo podría confiar a otras personas, pero él tiene derecho a mi amor de madre, aunque no haya sido deseado, querido. No se puede arrancar una planta de su raíz. El grano que ha caído en una tierra tiene necesidad de crecer allí.
Realizaré mi vida religiosa, pero de otro modo. No pido nada a mi Congregación, que me lo ha dado ya todo. Estoy agradecida a la fraternidad de mis hermanas y a sus atenciones; sobre todo, por no haberme molestado con peticiones indiscretas.
Me iré con mi hijo. No sé adónde, pero Dios, que ha roto de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino que tendré que seguir para cumplir su voluntad.
Seré pobre; retomaré el viejo delantal y me pondré los suecos que usan las mujeres en los días de trabajo; e iré con mi madre a recoger resina de los pinos de nuestros grandes bosques...Haré todo lo posible por romper la cadena del odio que destruye nuestros países. Al hijo que espero le enseñaré solamente a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo, a mi lado, de que la única grandeza que honra a la persona es la del perdón”.

+&

'