lunes, 3 de enero de 2011

Los reyes de Oriente.


Lo recuerdo como entonces, aunque era tan pequeña, que creía todavía en el ratón Pérez y en los reyes magos de Oriente.

¡Oriente! Qué palabra tan querida por mi padre en esta época del año y tan mágica para nosotros. Él no la dejaba escapar jamás, parecía como si los “reyes” no fuesen a llegar si la omitía. No se te podía olvidar que era de muy lejos de donde venían; tan lejos, que por venir de Oriente, tardaban y tardaban en llegar. Se nos hacía eterna la llegada.

Nos representaba la escena de la lejanía con tanta imaginación, que Oriente no lo alcanzabas nunca con el pensamiento. No le podías poner ni espacio, ni forma, ni nada. Oriente era Oriente. Un lugar peculiar muy característico y muy lejano, y de ese lugar que quedaba fuera de todo lo que un niño podía dominar por sus cortos conocimientos venían, nada más y nada menos, que los tres reyes de Oriente. Permanecíamos escuchando, atentos, quietos y embobados. Y preguntas van y preguntas vienen, todas contestadas por él que inventaba historietas, haciéndolas eternas. Historias preciosas que les ocurrían a los “reyes” hasta que llegaban a las casas de todos los niños del mundo para repartir los esperados regalos y juguetes. Tenía respuestas para todo y para todos.

Y era tal el nerviosismo que vivíamos en aquellos días, próximos a la felicidad, que te volvías desconocida hasta para tus propios padres. Dejabas de ser trasto por unos días y hasta los besos que les daba parecían caramelos de fresas, de tan dulces.

Si fallabas en algo, que era la mayoría de las veces, venía aquella frase que pronunciaba mi madre y causaba sobresalto:
"como no te portes bien no te traen nada los reyes" y… te volvías buena.

+C.

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