domingo, 6 de junio de 2010

La estatua viviente


La mejor señal de felicidad de que algo bueno va a sucederte por la calle, es que estés deseando una llamada y en ese momento suene el móvil, que sea la persona deseada, y a voz en grito le digas: - ¡qué alegría, estaba esperando tu llamada! Y comienzas a hablar sin ton ni son. No la dejas hablar.
Y los que cruzan, te miran sorprendidos por tu tono elevado; otros, hacen un gesto, te sonríen, y siguen su camino; otros, simplemente giran la cabeza. Y tú sigues y sigues; esta vez, dirigiendo la vista hacia una estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro, que repara en la alegría que te inunda. Él, delicadamente, te ofrece un libro que tú aceptas.
De repente, te das cuenta que estás en plena calle y que la otra persona no ha articulado palabra alguna todavía.
Pero tu alegría y alboroto no molesta ni asusta a nadie.
Ahora, todos te miran. Eres la protagonista con la estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro, que en quietud total, se ha convertido, en escultura bien modelada, mirándote fijamente, mientras tú ojeas el libro y te asombras.
Todo es real, pero parece falto de toda realidad. Estás en una calle cualquiera, a una hora cualquiera, con un libro cualquiera que te ofrece una estatua viviente de enormes gafas y sombrero negro.
Abres el libro y encuentras la frase que siempre guardas y recuerdas de Juan Ramón Jiménez. “intelijencia dame el nombre exacto de las cosas”.


+Capuchino de Silos


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