lunes, 31 de mayo de 2010

Un mal recuerdo


Acababa de comenzar el curso. Estaba en cuarto de Composición Pictórica y fui elegida como delegada, a dedo, por él mismo. Él, el mismo, era un medio hombre que tenía la sartén por el mango y que se calificaba solito con sus “puestas en escena”.
Desde el primer momento me di cuenta cómo aquel individuo, chiquilicuatre y mequetrefe, me iba hacer la vida imposible a mí y a tantas como yo, pero a mí, en particular. ¡Cómo disfrutaba con sus malas hazañas, el desgraciado!
Y qué alegría poderle decir desde aquí: ¡chiquilicuatre!, ¡zascandil! Con las ganitas que tuve durante todo el curso, y que por educación, jamás le dije.
Yo venía de Procedimiento, asignatura preciosa de tercer año, que nos daba un magnífico profesor, del que aprendí muchísimo y disfruté de lo lindo. Este espléndido profesor, según supe, fue compañero de carrera del mequetrefe este, y las diferencias entre uno y otro, por lo visto, fueron notables y considerables a lo largo de toda la carrera. Distinciones entre ellos: todas. Había, para empezar, una diferencia considerable de estatura, inteligencia, saber el oficio, educación y lo más importante: categoría humana y moral. Al “amigo” le faltaban todas y cada unas de estas cualidades, y lo que nunca iba a tener: deseos de mejoras.
Nada más comenzar el curso, me preguntó que quién me había dado clase de Procedimiento. Con mi contestación le di motivo más que suficiente para amargarme el curso. Odiaba hasta el tuétano, a ese profesor; y alumno que procedía de él, lo hacía fosfatina, el muy cretino. Y, ¡pobre de mí!, venía de ese grupo.
Los formatos para los ejercicios de pintura de Composición Pictórica, eran del tamaño de una persona más o menos o quizás algo mayor, y me hacía cambiarle el fondo de color, cada vez que se le antojaba. Que el fondo era azul, lo quería rojo, o verde o negro, sólo –porque me gusta más. Aquello no tenía sentido, pero como era su deseo, yo, sin rechistar cambiaba el fondo y dejaba sin fondo el bolsillo. ¡Creeetino!
En otra ocasión me preguntó a voz en grito, que qué hacía yo allí; que tenía que estar fregando y barriendo mi casa, que yo ni tenía aptitud ni actitudes. Esto a toda pastilla en medio de una clase de setenta alumnos. Me sentaba…, bastante mal, la verdad; pero callaba como una difunta.
Opté por cambiarme de sitio y coloqué mi caballete en un rincón de la grandísima clase, entre otras cosas para no verlo o verlo venir, y que no me molestase por detrás, pues era predilección suya mofarse por detrás de los alumnos. ¡Creeetino!
Hasta que un día me llamó para ponerles poses a los modelos (femenino y masculino) que, generalmente, se hacía entre los dos por ser yo la delegada. Y no se le ocurre otra mejor idea que tumbar a los dos modelos en la tarima que estaba a unos sesenta cm del suelo, encontrados, bocarriba y con las piernas abiertas, a lo que me negué en rotundo. Le dije que aquella no era postura ni digna ni decente para nadie, ya que los dos estaban completamente desnudos y nadie podría hacer un buen trabajo con aquella gansada. Que yo no estaba en la facultad para, desde mi perspectiva, sólo pintarle la planta de los pies y los testículos a nadie. Me coloqué delante de mi caballete en posición de descanso; se me acerca hecho una fiera y empieza a vociferarme. Y en esta ocasión, en lugar de quedarme calladita, como una niña buena, cogí todos los pinceles y brochas, que eran del 26 o 28, (no recuerdo), llenos de pinturas, y los estrellé con todas mis fuerzas contra la pared que había a mi izquierda, dejando sobre ella una de las mejores pinturas contemporáneas del siglo XX. Salí disparada para la puerta, pegué un portazo y lo dejé pegando voces en medio de toda la clase.
Dejé pasar los días y volví a la semana. Estaba más suave que un gatito de angora.
A las pocas semanas, me asomé al tablón de notas, con más miedo que vergüenza, se me acerca, por detrás, que era lo suyo, y me dice: “no tengas miedo, tienes una buena nota”. Era cierto.
¡Creeetino!


+Capuchino de Silos


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