sábado, 7 de noviembre de 2009

Le Domaine de la Tortinière


 Llegamos a París una bonita y soleada mañana camino de Tours, desde dónde, en la misma estación de ferrocarril, cogeríamos un coche de alquiler para poder desplazarnos cómodamente por la región de Los Castillos del Loira.
Era una ilusión que vimos cumplida por fin, ya que años atrás, por algún problema, no pudimos realizar. Esta vez era cierto que habíamos llegado. Ya con el coche, atravesamos los pueblos que nos llevaría a nuestro lugar de alojamiento que resultó ser de ensueño. De auténtico cuanto de hadas. Sólo llegar allí y haber hecho ese pequeño trayecto me pareció ser una afortunada.
El paisaje era radicalmente diferente al nuestro de Andalucía. Los verdes de los árboles se disputaban el color por ser diferentes y más brillantes. Las nubes también lo eran. Eran las nubes de los impresionistas. Las que habían quedado plasmadas en todos sus cuadros. Nubes blancas, a veces grisáceas, amontonadas y muy juntas en días soleados. ¿Llovería? Imposible. El sol iba atravesando las nubes e iluminando todos los lugares haciéndo el paisaje brillante y blanco. No tenía ojos suficientes para retener todo aquello en mi retina a través de mis gafas y el cristal del coche.
Y llegamos a nuestro destino.
El hotel no tenía nombre de hotel. Le Domaine de la Tortinière. Eso sólo lo hacía ser diferente. Era todo un delicioso y maravilloso Castillo rodeado de una arboleda inigualable dónde los árboles se disputaban la belleza y el color.
El canto de los pájaros también se distinguía de los nuestros. Eran otros los pájaros que allí cantaban. Cantaban sin parar posados en unos árboles centenarios y perfectamente cuidados. Siempre sus cantos nos acompañaban a nuestra llegada con sus trinos inigualables y en los mismos lugares. Allí vivían encantados. ¡No era para menos!
El lugar era único y perfecto para vivir, aunque a veces, alguna tormenta descargaba su ira durante algunos minutos, para inmediatamente el sol hacer su aparición cálidamente y refrescar el día.
Al llegar a “Le Domaine de La Tortinière” nos recibió todo un caballero trajeado con esmero, hablando español perfectamente con acento gutural francés y exquisita educación. Nos aconsejó que nos hospedáramos mejor en una de las casas exteriores al castillo porque estaban mejor acondicionadas que este. Y así fue. La habitación reunía todas las condiciones para que nos encontráramos acomodados y... ¡bien acomodados!. Era una de las casas que en la época de esplendor del castillo pudiera haber servido de alojamiento a la servidumbre. Las paredes delicadamente tapizadas en rayas rosa y verde pálido y una perfecta terminación artesanal. Al entrar en la habitación nos acogía un precioso y coqueto mueble antiguo de cedro en el que descansaban una bandeja de plata con botella de cristal tallado, vino dulce y unas copitas. A su lado una preciosa rosa en un pequeño jarrón también de cristal y una lámpara que iluminaba aquel apacible y refinado espacio.
¡¡¡Todo un cuento de hadas exquisitas y delicadas!!!.
En la hermosa habitación había dos pequeñas terrazas que daban a una pradera maravillosa de árboles centenarios y una vista dónde se divisaba en la lejanía otro gran castillo y un monumento a una Virgen con Niño.
Así fue como nos encontramos en ese elegante dominio lleno de buen gusto “Le Domaine de la Tortiniére”, en aquella región de Francia dónde todo eran atenciones y educación extrema. Más que un hotel de cuatro estrellas era uno de siete o diez estrellas.
¡Una auténtica delicia y una gran suerte!
Aquel delicioso lugar estaba perfectamente ideado para que todo huésped se sintiese bien acogido y atendido y en un sueño continuo maravilloso que fuimos viviendo día tras día. Los que estuvimos de vacaciones.