sábado, 18 de junio de 2016

Padre



“Padre es una palabra que suena extraña al hombre de hoy, porque el hombre de nuestros días es huérfano. No tiene raíces más allá del espacio y el tiempo. Se encuentra perdido en un universo ilimitado, desciende del mono y se encamina hacia la nada.
Le han dicho que Dios Padre era el enemigo de su libertad, una especie de espía celeste, un padre sádico, castrador; es preciso confesar que la cristiandad histórica, tanto en Oriente como en Occidente, ha verificado de manera correcta esta acusación. Lo divino impersonal de las espiritualidades asiáticas hace soñar más que nada con una inmensa matriz cósmica. Sí somos huérfanos. El incesto y la homosexualidad, signos ambos de la ausencia de padre, asedian a nuestra sociedad. La muerte del padre se inscribe en el miedo al otro. Hay un extraño crecimiento de la nostalgia del Padre.
Este Padre va más allá de la dualidad sexual, un padre que es matriz, que “siente” a sus hijos como la madre, con todo su ser, con toda su carne, con sus “entrañas”, rahamin: matriz.
Sin embargo, Padre. El resultado, tal y como lo sugiere este simbolismo, no es de reabsorción sino de comunión, una comunión liberadora , que nos capacita para ir hacia los demás.
Padre significa que no estamos huérfanos, tenemos a quien recurrir, tenemos un origen fuera del tiempo y el espacio. Un universo situado en la palabra, el aliento, el amor del Padre.
Las nebulosas y los átomos -que también son nebulosas- aman al Padre de una manera impersonal, por su misma existencia; pero nosotros los hombres, podemos amarle personalmente, responderle conscientemente, expresar su palabra cósmica: de manera que cada uno de nosotros, por tener ese vínculo personal con el Padre, es más noble y más grande que el mundo entero.
Los rostros se inscriben más allá de la existencia, en el amor del Padre. Por lo tanto queda vencido el nihilismo de nuestro tiempo, en nuestro interior, la angustia puede transformarse en confianza, el odio en comunión. Es bueno vivir, vivir es gracia, vivir es gloria, toda existencia es una bendición. La gracia es la raíz de todo, una paternidad infinitamente misericordiosa que todo lo ama.
Nuestra teología, nuestra espiritualidad saben bien que el misterio del origen no puede ser encerrado en palabras , ni en conceptos. Jesús, sin embargo, nos revela que este es abismo –del que la India también habla- es un abismo de amor, un abismo paternal. Con Jesús, en él, en su soplo, nos atrevemos a balbucear: “Abba Padre”, palabra de una infinita ternura infantil, de una confianza llena de respeto, donde está contenida toda la paradoja cristiana. Además Jesús nos revela que esa paradoja, esa relación paradójica, no se da solamente en la relación del Padre con la creación, sino en el mismo Dios, en lo más absoluto de lo absoluto. En el mismo Dios está el origen sin origen, el Otro filial, y el soplo de vida y amor que reposa sobre el Otro y le lleva de nuevo al origen, y nosotros en él; en el mismo Dios la respiración del amor, ese gran misterio de unidad y de diferencia. Nosotros, a imagen de Dios, somos arrastrados a ese ritmo.
Tan sólo en Dios, entre el Origen y su Otro filial, en el Soplo unificador, la respuesta de amor es inmediata y absoluta la reciprocidad del amor. Nosotros, sin embargo, necesitamos tiempo y espacio, una especie de oscuridad para avanzar al mismo tiempo hacia la luz, y unos hacia otros. Con frecuencia, somos el hijo pródigo que despilfarra su fortuna con prostitutas, cuida cerdos, y le gustaría poder comer algarrobas. También entonces, sabemos que el Padre no sólo nos espera, sino que sale a nuestro encuentro. El mundo no es una prisión sino un pasaje oscuro, pasaje para pasar, pasaje que ha de descifrarse en un escrito más amplio- en donde todo tiene un sentido, cada uno es importante y necesario. Un escrito que redactamos juntamente con Dios.
Máximo el Confesor nos enseña a hacer en cada mirada atenta contemplativa a las cosas, una especie de experiencia trinitaria: el hecho mismo de que una cosa exista, que repose en el ser, nos remite al Padre “creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles (de esta manera cada cosa se convierte en lo visible de lo invisible); el hecho de que la cosa sea bella, se inserta dinámicamente en un orden, tiende hacia una plenitud, nos remite al Espíritu, al Soplo de vida, del cual decía Sergio Boulgakov que es la personificación de la belleza. Aprendamos a descifrar así la paternidad de Dios en las cosas, el Padre “con sus dos manos”, el Verbo y el Espíritu, como decía san Irineo de Lión, el Padre con su Sabiduría y su Belleza.
Con todo, la experiencia trinitaria más fundamental se inscribe en el hémon que sigue al Padre, en la segunda palabra del Padrenuestro: “Padre-de-nosotros”.
Dos cosas quisiera retener de ese “nosotros”. La primera es que debemos aprender a descubrir el misterio de Dios en el rostro del prójimo. El horror de la historia, sobre todo en nuestro siglo es que el hombre se arroga un poder absoluto sobre el hombre. (…) Debemos comprender que el otro, sea quien sea, publicano, prostituta o samaritano, dice Jesús, el otro, todo otro, es imagen de Dios, hijo del Padre, tan inexplicable, tan “inconceptualizable” como el mismo Dios. Sin otra definición mejor que ser indefinible. Aprendamos a no despreciar” decía un Padre del desierto. El otro es rostro, todo él rostro. Y ante un rostro, no tengo ningún poder. Como el rostro también es palabra, únicamente puedo intentar responder, hacerme responsable. Esto es válido para las relaciones de amor, de amistad, de colaboración, tanto a nivel familiar como social,en nuestras relaciones con los demás cristianos y en la vida política, ¡Recordad! No despreciar.”

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