jueves, 27 de julio de 2017

Volviéndote ángel.




Venía hacia mí casi corriendo y nada más sentarse a mi lado dijo: “El que no recoge conmigo, derrama”
Qué querrá decir, me pregunté. Estaba sentada en la arena mirando como jugaban unos niños en el mar, y lo que menos podía imagina es que saliera con aquello; pero siguió hablando y hablando sin parar.
Lo recogido que es el recogimiento, siguió diciendo. No es para que uno pierda las fuerzas, ni llegue a desmayarse, sino para que se ciña de fortaleza; para que el brazo, la mano y los dedos aprieten bien el lienzo y se cojan las hebras de una en una. Es un ejercicio; ir recogiéndote, poco a poco tú y esos deseos buenos que están dentro de uno.
Ahora te estoy entendiendo, le dije. Es como recoger el corazón. Sería la mejor señal que la gracia que se recibe, va depositándose en el alma y va lanzando al aire lo superfluo y lo inútil. Sí, se debe frecuentar la meditación o recogimiento (como tú lo llamas), porque en lo más íntimo de nuestro corazón sale el goce, la alegría, la delicia, la misma gloria. Nadie se hace experto en ningún arte si no lo frecuenta y cuanto más se frecuenta, más entendido se hace, porque la ciencia nunca acaba de llegar.
Eso. Si queremos edificar la morada de la meditación se debe hacer ese intento que aprovechará mucho el alma. Decía el libro, que en el monte de Betel, (que quiere decir casa de Dios), hay muchas moradas y la más baja es la de cada uno.
Hasta en la labores de casa y manualidades, podemos estar recogidos, como están los monjes cuando están de rodillas en lugares alejados y secretos. Es lo mejor cuando estamos con menos devoción. Recogerse en cualquier lugar, pues se gana fortaleza y poco a poco te vas volviendo ángel.
Entendí sus primeras palabras. Eran del Señor.



+Capuchino de Silos




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martes, 25 de julio de 2017

Un 7 de Mayo




Hoy recordé, como tantos otros días después de Misa, aquella mañana del 7 de Mayo.
Tenía 7 años casi recién cumplidos.  Las monjas del colegio nos habían estado preparando para hacer la Primera Comunión… y hoy, y tantos otros días, recordaba ese momento único que viví sabiendo quién era mi Dios y Señor que iba a recibir en mi corazón; comprendía ya, el por qué en casa se comentaba que era el día más importante y más feliz de mi vida. Era, nada más y nada menos que Dios el que se hacía pequeño, sin dejar de ser grande para poder entrar en tantos corazones y, que, por esas cosas de Dios, siempre, desde entonces, tuve la certeza que cada día en las Misas se obraba el maravilloso gran milagro.
Aquella mañana de Mayo, se estrenaba un aire nuevo de pureza blanca como la Sagrada Hostia, porque bajaba Cristo a las almas de aquellas chiquillas con velos y trajes blanquísimos como blancas eran todas sus almas.
Soñaba, como sueñan las niñas, con ese velo de tul largo y traje de organdí blanco lleno de jaretas, como las verdaderas princesas de cuentos que iban a recibir a su Rey; guantes estrechísimos que alargaban sus deditos para sostener un misal de nácar con cantos dorados, precioso, y el santo rosario. Todavía los conservo.
Mi madre, que lo adivinaba todo, sabía lo que yo podría sentir por dentro en aquellos días previos y lo que quería a mis siete años cumplidos dos meses antes. Lo había dejado todo en manos de ella porque lo sabía al dedillo.
Pero todo no podía ser perfecto. Amanecí con el ojo izquierdo (tenía que ser el izquierdo), con un orzuelo gordo como un garbanzo, lleno de supuración, que me hinchó el carrillo y me lo puso rojo como un tomate. Cuando me miré al espejo comencé a llorar como una Magdalena y me negué a hacer la Comunión en semejante estado. “Voy a ser la más fea” le decía a mi madre. Las madres que están en todo, me puso compresas de manzanilla y me alivió con sus preciosas palabras piadosas convenciéndome y haciéndome olvidar el dolor y el disgusto.
Sonaba el órgano y el coro del colegio cuando en una fila perfecta entrábamos de dos en dos en la preciosa capilla toda iluminada; cabeza y ojos bajos, manos juntas sosteniendo el misal de nácar y el rosario. Era una turbación tan grande que mis ojos manaron las primeras lágrimas de piedad. ¡Qué emocionante y piadoso acto de amor al Señor! Lo recordaré siempre.
La fila caminaba hacia el altar mayor con nerviosismo, timidez y deseo. Era mucho mi deseo, lo recuerdo. Todo iba saliendo como la monja de turno nos había enseñado anteriormente; la respiración tenía que ser lenta y casi no rozábamos los zapatos con el suelo al caminar para que no se percibieran nuestros andares; al llegar a nuestros respectivos lugares, antes de entrar en los bancos vestidos igualmente de blancos, se hacía la genuflexión de dos en dos, con un pequeño movimiento de cabeza hacia abajo y nos colocábamos de rodillas en nuestros lugares. Unas íbamos hacia la derecha y otras hacia la izquierda en orden riguroso. Yo, quedé la penúltima del segundo y último banco por mi altura.
Recuerdo que la capilla olía diferente a los demás días. Todos los cirios del altar estaban encendidos y a mí me parecía que era incomparable, inmenso, irrepetible como mamá me había repetido tantas veces. Los nervios se calmaron cuando comenzó la Santa Misa y me encontré muy encogida como un caracol en mi sitio, sin moverme, con las manos muy juntas sin quererlas separar;  una suave ternura llegó a mí en el momento ansiado del gran misterio de la Sagrada Comunión.
Recuerdo, como si fuese ayer, el momento de la Comunión. No se me olvidará nunca. Me arrodillé en el reclinatorio blanquísimo con mucha devoción y vergüenza. Al principio hice un largo silencio para que el Señor se acomodara y empecé a pedirle mucho, mucho, y por muchos.
Recé hasta que me dejaron. 
Acabó la Santa Misa y fuimos saliendo hacia el patio con otro orden menos riguroso.


+Capuchino de Silos


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domingo, 23 de julio de 2017

El reino color mostaza.


"Además de semillas de mostaza, nubes, gallinas, peces, lirios, puertas y arados… solía darnos a probar cortezas y auroras, cebollas y gaviotas, faros, acantilados, rizos de pelo, almendras y aljibes; ovaladas gotas de lluvia pendiendo de un alero, minuciosas nervaduras de hojas o las rosadas encías de algún felino.
Cada una de estas palabras en su Boca no era inferior al Universo. Y cuando las enhebraba juntas, cuando leía el poema completo, de corrido, surgía inmenso y majestuoso el diminuto Reino color mostaza, como lúdicamente gustábamos llamarlo sin que Él lo tomara a mal.

No es que Él, ingeniosamente, inventara analogías, como quien asocia el relinchar de un potranco con la rompiente de una ola. La invención era inversa en todo caso: cada veta de madera hecha por Sus increadas Manos había sido pensada, diseñada y elaborada en orden a expresar el Reino. Había gramática y sintaxis en la elección de cada textura, de cada aroma, de cada color…
Y de ese intenso y extenso poema cósmico emanaba un sinfín de perfumes y sabores, que había que aprender a catar y a deletrear. En muchas expresiones se daba una sutil fragancia a “todo termina bien”. En el paladar, incontables signos avisaban “hay lágrimas en las cosas”. Como era inevitable percibir el “¡cambia tu vida!” modulado desde un cielo rojizo o una nieve impoluta.
Pero por sobre todo, cada piedra, cada rostro, cada viento, cada fuego cantaba la Gloria de Dios, su Amor desmesurado y gratuito.
Las clases de cata con frecuencia se arremolinaban en un asunto que al Señor le importaba mucho y que no nos resultaba fácil captar… Se trataba de un sabor, de una astringencia delicada, muy difícil de verbalizar. O, antes que eso: difícil de percibir.
Era el sabor del infinito diminuto. Una extrañísima y paradojal amplificación sin límites por encogimiento, por achicamiento. Como una implosión que deviene inmensidad. Enormidad infinitesimal…
Y todo esto lo podía decir paladeando la flor de una violeta, un pompón de panadero o lo que era su varietal favorito: unos inasibles granos de mostaza".
Diego de Jesús. El reino color mostaza.


+&



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domingo, 16 de julio de 2017

El recogimiento




Todo esto es justo lo contrario al recogimiento; después de estar leyendo sobre él, no hay nada más hermoso que poderlo vivir; así que hacerse ermitaño debe ser cosa muy buena y sana. Seguro que sí, pero en otro lugar dónde se puedan guardar los sentidos.
Se lo pregunté a mi amiga allí donde se encontraba; no me respondió y tomé la palabra.
Recoger los sentidos en éste lugar y en ésta época, le dije, es como querer que por la mañana salga la luna.
El sol está radiante, el mar busca los mejores colores para estar bellísimo, las plantas lucen con todo su esplendor… así que, buscar un lugar oscuro, recoger los sentidos y cerrar las ventanas por no derramar los ojos, es… ¡imposible!, querida.
Estos días he tomado el libro y leyendo estaba sobre el recogimiento y desear ver a Dios con el corazón. Fácil lo tenían Isaac y Elías, le dije, que se iban al monte para huir de las gentes donde no había ni discordias ni contrariedades.
El recogimiento lleva a la devoción, buscar la perfección en las virtudes y llegar estrechamente a Dios. Es lo antepuesto a los reinos y las riquezas. No se le puede comparar con nada; ni siquiera con las piedras preciosas, porque, el mismo oro en su comparación es arena. Es más que la salud y la hermosura. Es luz que alumbra los sentidos y nadie puede apagar. El recogimiento es la madre de todos los bienes sin envidia alguna. Es todo un tesoro que usan los verdaderos amigos de Dios. Es un rosal de virtudes. Es sacerdote real para que los hombres se puedan ofrecer a Dios. Es un silencio que en el cielo de nuestra alma se hace. Es un servicio que se hace a Dios adorando su divina Majestad y sillón para que se detenga en nuestra casa interior a descansar. Es tienda de campaña para andar por el desierto. Es vaso de oro para guardar las delicias en nuestro pecho. Es valle donde abunda el mejor trigo. Es viña que se ha de guardar en vigilancia para poder gustar sus deliciosos frutos. Es huerto cerrado y sólo Dios tiene la llave para que entre cuando quiera. Es, entre otras muchísimas cosas, ascensión espiritual con Cristo.






+Capuchino de Silos



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jueves, 6 de julio de 2017

El escondimiento




Hoy llueve sobre mi ciudad. El día amanece con aire fresco que apetece como cuando era invierno y despierta emociones de ayer opuestas y contrarias a las de hoy. Llueve como si fuese a morir alguien o en realidad haya muerto. No sé. A veces me despido de personas en vida porque pasan antes de pasar.
Pensando esto estoy, cuando surge mi amiga bajo un paraguas transparente, quizás, para no llamar la atención.
Con este paraguas me mojo, dice, porque el agua salpica al estrellarse en el plástico y algo, siempre, te llega. Pero no importa. ¡Qué día tan bello! Siempre me he dicho que el agua de la lluvia es la gracia que el Señor derrama sobre la tierra y me alegro. Siempre es mucha su gracia.
Hace un gesto para coger el libro y nos sentamos, pero es ella la que primero lee y continúa hablando. 
Finalizábamos el otro día con el secreto escondimiento. ¿Recuerda? ¡Claro que lo recuerdo!, le dije
El escondimiento, por lo visto, es un ejercicio. ¿Ves? Me mostraba el libro que estábamos leyendo. 
Por lo visto es un ejercicio dónde Dios se esconde en lo más secreto del corazón de nosotros. Allí se esconde Cristo con las almas, que son, más devotas. Con las suyas. Con las que más quiere. Allí, en su misma casa, en su mismo templo. En ese pequeño santuario que tenemos cada uno de nosotros es dónde nuestro Padre celestial ve lo que más le agrada de nuestra alma.  Cuando las puertas de los sentidos están más que cerradas y limpias, viene el Señor y es allí en ese profundo y escondido lugar, dónde dice Dios la palabra escondida de su secreta amistad.
Déjame seguir un poco a mí, le digo. 
Dios es una locura infinita. Una locura de amor para toda la eternidad. No nos podemos esconder de Él nunca, jamás; y está mucho mejor con nosotros cuando lo deseamos y cuando lo amamos desesperadamente. Está en el pesebre de nuestra conciencia como cuando nació. En el establo de nuestro corazón y nos esconde en ese escondimiento de una manera oculta bellísima. 
En realidad nos ayuda a que le amemos. ¿No crees? 
Como dicen en las novelas...
Continuará.
Siempre terminas tú, pero no me importa.


+Capuchino de Silos


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lunes, 3 de julio de 2017

En recogimiento




Como me había dicho el día anterior, a mí también me marcó y mucho; tampoco se lo había comentado, pero no se le pasó por alto.
Si te soy sincera, le dije, preferiría que hablásemos de lo que acabamos de leer que parece muy interesante.
Prosiguió hablando con sus ojos vuelto hacia sí.
Dejando a un lado a los malos hombres que su tarea y oficio es frecuentar e inventar nuevos pecados para ofender a Dios, hay otros, que resisten a sus trabajos y molestias como expiación y penitencia por los muchos pecados del mundo; así, muchos, se educan en exclusividad para formarse en el recogimiento apartándose de los hombres y de tanto pecado. Ellos están muy cerca de los ángeles y viven sólo para Dios.
Fue lo que más me atrajo del colegio, prosiguió. Ver en esas monjitas un celo especial y grande para estar con el Señor día y noche; con tanta quietud de ánimo y tranquilidad que supuse que tocaban la felicidad con solo entrar en la capilla y correr alegres con sus tocas al vuelo por aquellos corredores del colegio o cuando jugábamos con ellas en el recreo. Era una auténtica alegría verlas y saberlas felices. Tenían lo mejor que se puede esperar de este mundo. No había nada mejor. Eso era indudable, y yo, lo quería para mí. 
Él no se hizo hombre por sí, continuaba diciéndome; se hizo hombre por todos nosotros; razón más que suficiente para enclaustrarte y darle lo mejor de ti. Era como un monte muy alto que había que subir, de muy alta perfección, que se les mostraba para que tomasen ejemplo y provocar en ellas el poder seguirLo, frecuentar el recogimiento y ensayarlas en su uso.
Era una vida escondida y el secreto escondimiento, se lo enseñaba todo un Maestro. 
¡Cuánto se le quiere!


+Capuchino de Silos


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domingo, 2 de julio de 2017

Un lugar para siempre.




Hoy no quiero guardar un rato para el Señor por obligación, por ser domingo. Hoy deseo estar con Él, quiero quedarme con Él, orar con Él. Mirarle, amarle en esa soledad donde siempre nos espera, me decía mientras íbamos a comprar unas patatas fritas para el aperitivo camino de casa. Quisiera vivir, continuaba, en auténtico recogimiento espiritual como si viviese un día sólo para Él. Meditar, meditar, meditar con verdadero recogimiento de la mañana a la noche, cómo hacía Él. ¿No era su costumbre alejarse, retirarse y orar al Padre celestial?
Aparentaba debilidad al decirlo. Yo sabía que era imposible con todo el trajín que tenía en su casa, precisamente ese día. Sintiéndome valiente y animada le pregunté: ¿te hubiese gustado ser monja?
Somos amigas desde muy pequeñitas. Nos conocemos perfectamente. Sabemos muchísimos la una de la otra. Nos hemos contado nuestra vida en activa, pasiva y perifrástica, pero por prudencia y discreción nunca le hice esa pregunta tan directa.
Tardó tiempo en contestar. Respiró hondo y luego pausadamente empezó a decir:
Cuando estábamos en el colegio, al prepararnos para hacer la Primera Comunión sentí muchísimos deseos de serlo y después, cuando nuestras comuniones fueron más frecuentes muchísimo más. Se me quedó el alma allí, en la preciosa y devota capilla del colegio. Muchas veces lo he pensado a lo largo de mi vida. Aquel día tan inmensamente especial para las dos y tan importante, sentí un deseo enorme de quedarme en aquel lugar para siempre. Creo que aquel día reconocí algo mucho más bello que nuestro precioso traje blanco y nuestra pureza de alma. 
Reconocí a nuestro Dios y Señor. 
A ti, pienso, que también te marcó.


+Capuchino de Silos


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sábado, 1 de julio de 2017

Esas gracias...




Esas últimas palabras llegaron a mí con claridad luminosa y un ardor convertido en ternura.
Sí, dije yo. Esas gracias producen algunas veces, un gran descanso y amor; amor en retiro monacal; otras veces alumbran el ingenio; otras, una gran alegría; otras, abren las fuentes de los ojos que emanan aguas dulces de las fuentes del Señor; así, tantas y tantas gracias que gustan tanto que uno no puede resistir de emoción. Parece como si despertases de un bello sueño muy placentero. Si se comparasen con otros tiempos, estos, parecieran que fuesen muertos o manchados con trazas de carbón.
¿Te acordarás retener lo que te voy a decir? Me miró como si recordase algo importante.
Cuando sople ese aliento del Espíritu Santo, encendido con el amor de nuestro Dios deberíamos tener presente cuatro cosas. Cuando leí lo que te voy a decir se me quedó grabado para siempre.
Hay que formar muy bien las aficiones, limpiar las vivencias diarias, pulgar las palabras para que por ellas broten nuevos tallos y filtrar los pensamientos que son los que peores secuelas dejan en el alma.
Hallaremos entonces, muchas imperfecciones en todas nuestras obras, tanto exteriores como interiores que se han de ir depurando. Las intenciones se harán más rectas y las virtudes más refinadas y delicadas. Las palabras al prójimo más amables, y los pensamientos mucho más limpios y puros. Si queremos tener el medio, examinaremos el interior con Dios y el exterior con los hombres. 
Buenos, ¿no? Añadí yo.
Sí, claro. Así dispondremos nuestro entendimiento y nuestra voluntad para con todas nuestras obras; las tendremos presente como un precioso despertar de nuestras emociones diarias repletas de sangre que se cuelan por todos los poros, de calor, como una amenaza persistente en combate, y de luz que romperá el aire sombrío y lúgubre.



+Capuchino de Silos



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viernes, 30 de junio de 2017

La gracia, esa fruta dulce.




Venía hablando y andaba deprisa; el silbar del viento hacía imposible oírla. Las últimas palabras sí pude escucharlas. Tengo poco tiempo; a media tarde médico y comprar ciruelas. Era casi telegráfico. Lo dejamos para mañana, le dije. ¡Imposible! El Señor está antes que nada y este momento le pertenece.
Graciosamente, como si se tratase de una exquisita bailarina, se colocó en el tronco del árbol que había en el jardín invitándome a sentarme.
Los deseos de la divina dulzura convierten a muchos pecadores comenzó a decir, pues no hay nada imposible para nuestro Dios y Señor. Inclusive, hoy, muchos de ellos estarán en el infierno, aunque, anteriormente, hubiesen sido amigos y hayan tenido grandes goces, su caridad y su gracia.
¿Me quieres decir, continué yo, que Dios me puede enviar al infierno pues lo merece la multitud de pecados cometidos a lo largo y ancho de mi vida? Me quedé muerta.
A mí, le dije, Dios me da cada día nueva gracia, pero sin conocimiento alguno. Esa gracia es como si fuese un melón sin catar, me lo deja guardado secretamente para que solamente me llegue su aroma. Imagino que eso mismo hará con tantas almas que finalmente caen entre las llamas del fuego eterno porque no saben qué hacer. Te las tienes que averiguar tú sola. Su ayuda es el melón que te ha dejado lleno de pepitas, que, además, tienes que tirar a la basura y no tienes a nadie que te ayude a seleccionar cuál es buena y cuáles no. Son muchos los melones y muchas las pepitas.
Mientras más te murieres y perecieres, tanto mejor, dijo resuelta. Es entonces cuando tu alma se encontrará aliviada del peso, aunque el cuerpo pueda desfallecer. Todas las cosas que ocurren vienen de la mano del Señor y no queramos saber qué cosas son las que causan más o menos cansancio en nosotros. Debemos confiar plenamente en Él y soportar el peso de los melones. Él llevó la cruz mucho más pesada. Además, tenemos su ayuda que, en ningún momento, nos faltará. Si esto no lo hacemos así, perderemos toda la gracia que nos deja cada día. Debemos poner en ella los ojos para conocerla, nuestras manos para abrazarla, nuestros oídos para obedecer, nuestra boca para gustarla y nuestro cuerpo y nuestra alma para recibirla.


+Capuchino de Silo


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martes, 27 de junio de 2017

"Cajas para la vida"




Mi marido dice que soy la “tonta de las cajas” y es verdad. Las tengo de todo tipo y tamaños. No sé cuántas repartidas por toda la casa. Para mí son auténticos tesoros. No conozco el alma de ninguna; ¿felicidad?, ¿soledad?, ¿magia, tal vez? Hasta hice una exposición con ellas. Un amigo me consiguió un montón. Así pude hacer la exposición “Cajas para la vida”. Todo fue a parar a Provida. Se expusieron en un patio precioso de Córdoba en la calle Capuchino, que después, con algo más, sería el nombre de este blog.
Cada día gozaba con ellas. Salpiqué mi vida de alegría ensimismada…iba disfrazándolas de papel, pintura y otras técnicas llenas de júbilo intenso e inexplicable.
Todos los sentidos de la imaginación se llenaban de colores y de formas, de naturalidad, de sinceridad, de confianza…la cascada de papel llovía sobre sus tapas dándoles formas a la exigencia de cada una.
Supe, desde pequeña, cuál era mi vocación. Las musas de la pintura me han acompañado desde mi más tierna infancia  y entiendes que has nacido para eso.
Recuerdo la hoja blanca que encontré encima de la mesa donde estudiaba de pequeña. Puse encima un espejo donde reflejé mi rostro e hice mi primer autorretrato. Tenía menos de 13 años. Mis padres lo miraron con los ojos muy abiertos.
Ese mismo día tuve conciencia de mi verdadera vocación.


+Capuchino de Silos

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