viernes, 3 de julio de 2015

El estío



Como todos los días llegábamos a la parroquia para  abrirla un buen rato antes de que empezase la Santa Misa. Se encienden luces y demás y vamos a saludar y hablar con el Señor hasta la llegada del sacerdote. Pero hoy entraba cansada, indiferente, sin ganas de nada. Sentí una gran pena. Me estaba dejando arrastrar impulsada por el estío del verano. ¡Qué poco me gusta el verano!
Siempre he pensado que moriré en él como le pasó a mi pobre padre. Me quedo sin energías. Soy nula. Pero... ¿cómo era posible que estuviese tan fría, tan distante, si al poquito tiempo comenzaría la Santa Misa que iba a dejar derramada sobre el altar la sangre del mismísimo Cristo?, ¿y si fuese la última Misa? pensé. ¡Oh Dios mío! Qué tonta soy. ¿Cómo puedo ser tan inconsciente?
Hubiese querido que su amor quemase mi letargo.
Mirando al sagrario te reconocí inmediatamente. Noté que la llamita roja que indica que tú estás allí, apenas parpadeaba, pero no me moví. Olía a fervor y a voz callada que espera tus delicadas gracias que llegaron al sentirte. 
¡Cómo te deseo Dios y Señor mío!


+Capuchino de Silos



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